El hijo de puta de Joseba y la zorra de mi amiga Lucía la forense

No, si ya decía yo que aunque parecía una buena idea, algún día iba a haber problemas logísticos. Después de que la zorra de mi amiga Lucía la forense nos propusiera al hijo de puta de Joseba y a mí esconder caballo dentro de cadáveres que le llegaran para hacer autopsias, tuvimos una curiosa conversación:

-¿Y tú te crees que los embalsamadores no se van a dar cuenta? –le pregunté a ella apagando mi último cigarro en el cenicero de su Ford Fiesta. Conducía Joseba e íbamos a hacer la prueba con un muerto de verdad.
-¡Qué va, tío! –contestó despreocupada desde los asientos traseros-. Además, la cantidad que metamos dentro, siempre irá en proporción a lo grandes que sean los muertos, para que no cante a la vista.
-Pero hay que hacerlo tal y como dijimos tú y yo el otro día, Lucía –añadió Joseba después de meter tercera-. Vamos a hacer un buen planning del asunto… Si vamos el mismo día del entierro y a la noche, la tierra estará todavía removida y no se notará que hemos sacado la caja para desenterrarla y volverla a enterrar. Luego, rajamos al muerto, sacamos la droga y listo…
-Pero después lo volveremos a dejar todo exactamente como estaba, ¿no? –le dije a él con cierto tono de preocupación. No acababa de verlo todo tan fácil como ellos, y además yo no era tan macarrilla. Yo lo que quería era ligarme a Lucía, y el hecho de que anduviera tanto tiempo con Joseba me ponía celosísimo. ¡La conocía desde que éramos niños, joder!
-Pues claro que lo dejamos todo como estaba antes, Atila. Hay que tener un poco de visión de negocio…
-Claro –añadió Lucía-. Es muy difícil que se desentierre un cadáver una vez que ya ha sido enterrado… y si por lo que sea, en algún momento alguien se da cuenta, echarán la culpa a alguna secta satánica o algo así y no habrá investigación ni de coña. Si no quedan restos de jaco, a ver quién es el guapo que se puede imaginar el motivo real. Por cierto, ¿queréis? –dijo mi amiga sacando un paquete de Ducados y extendiendo su brazo entre los asientos delanteros-. Es que de tanto hablar de la muerte, me apetece horrores un cigarro…
-No, negro no. Luego compro –le contesté-. Oye, Luci…
-Ya no soy una cría, así que no me llames Luci, ¡coño! ¡Llámame Lucía! Y además no me gusta nada la peli del puto Almodóvar ese… y me cago en la leche lo que me jode pagar para ir al cine a ver una peli mala… –dijo entre tosidos-. A ese tío no le dan un Óscar en la puñetera vida…
-Pues yo la vi el otro día con el gordo del hermano de Atila y nos echamos unas risas… –dijo Joseba.
-¿Puedo hablar? –pregunté cabreado. No solo le molaba a Lucía, sino que también le había metido varias veces a mi hermano pequeño en los trapicheos que hacía en el cine. Pensaba que yo no lo sabía.
-¡Pero qué dices, Joseba! No tienes ni puta idea de cine… –le respondió Lucía ignorándome- y el gordo de Sisebuto menos que tú todavía.
-¿Puedo hablar? –volví a preguntar. Ahora, hasta Lucía insultaba a mi hermano.
-Habló la cinéfila… –le contestó él.
-Que si puedo hablar, ¡joder! –insistí.
-Habla… –dijeron los dos a la vez…
-¡Vaya, por fin! Oye LUCÍA, ¿y tan complicado está el tema de esconder droga últimamente?
-Pues sí, ATI, sí. Sobre todo porque le hemos robado al Yalo cinco kilos. No sabe que hemos sido nosotros, pero algo se huele; sabe dónde vivimos y por dónde andamos… y además, la policía últimamente anda en un plan bastante chungo. No podemos pasar todo ese jaco por ahí inventándonos de dónde viene, así que lo tenemos escondido en mi taquilla del curro y vamos a ir sacándolo poco a poco dentro de los muertos para vendérselo al Juan, el gitano que nos consiguió la pipa el año pasado. Es un tío legal y nadie nos va a relacionar con él porque no lo quiere para pasar: es para consumo personal.
-¿Personal cinco kilos? –pregunté alucinado.
-Bueno, familiar mas bien –contestó Joseba-. Es que son unos cuantos y no veas cómo se ponen… y además, como tiene el negocio de importación/exportación de armas, está forrado y siempre nos va a pagar en efectivo. Ya verás: es un jaco cojonudo y nos vamos a sacar una pasta. ¡Pasta fácil, Atila!

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Y sí que nos habíamos sacado una buena pasta a lo largo de aquellos meses: ya habíamos vendido al Juan casi cuatro kilos y medio sin que el Yalo sospechara ni lo más mínimo de nosotros. Lázaro, el guardia del cementerio, pensaba que algo raro pasaba allí en las noches siguientes a algunos entierros… pero como Luci había grabado en Super 8 cómo el muy degenerado se follaba a un muerto todo borracho –y luego la tía decía que Almodóvar era un morboso-, habíamos llegado a un acuerdo amistoso, y con traerle una botella de jerez cada vez que teníamos que desenterrar a alguien, cada uno iba a lo suyo y nadie interrumpía a los demás. Aunque bueno, hay que reconocer que el lazarillo –que así le llamábamos, aunque tuviera más de ciego que de lazarillo- y sus amantes solían meter bastante escándalo… pero lo bueno era, que si se encaprichaba del nuevo inquilino que necesitábamos desenterrar, nos podíamos ir sin enterrarlo de nuevo, porque ya lo hacía él por nosotros después de jugar al teto.

Todo iba sobre ruedas, hasta que el hijo de puta de Joseba y la zorra de mi amiga Lucía la forense, dijeron que no podíamos parar el negocio ni un día más por lo que para ellos suponía un problema logístico. Os cuento: mi hermano Sisebuto había muerto cosido a navajazos en una pelea con la gente del Yalo, el cuál seguro que se lo cargó para demostrarnos que sabía que alguien de mi familia –o sea: yo- estaba relacionado con el robo del caballo. Viendo que el cabrón del Yalo no se andaba con tonterías, el hijo de puta de Joseba y la zorra de mi amiga Lucía la forense, pensaron que lo mejor era desaparecer una temporadita… así que decidieron deshacerse del medio kilo de jaco que quedaba cuanto antes. ¿Y de qué forma? Metiéndolo de golpe en un cadáver al que ella tuviera acceso, que fuera a ser enterrado en el cementerio donde curraba el lazarillo y que estuviera lo bastante gordo para que no se notara que era un Kinder Sorpresa gigante: mi hermano Sisebuto.

autopsia

Así que aquí estoy: intentando cargarme al hijo de puta de Joseba, frente a la tumba de mi hermano, con la ropa perdida de sangre y después de haber degollado a la zorra de mi amiga Lucía la forense mientras se bebía unas latas de cerveza en su puesto de trabajo. No puedo quitarme de la cabeza su voz diciendo: “no podemos parar el negocio porque el Yalo nos va a rajar si nos pilla con el caballo que le choramos. Joseba dice que no podemos parar por un problema logístico…”.

-Conque “problema logístico”, ¿eh? ¿De esa manera llamas a que a mí no me da la gana que profanes la tumba de mi hermano para que luego se lo folle el lazarillo? –le digo al hijo de puta de Joseba-. Nunca me has caído bien del todo, pero desde que estudias gestión empresarial a distancia cada vez aguanto menos tus putas palabras pedantes.
-Estás loco, tío, ¡el eslabón vital de nuestra cadena de distribución siempre es el cadáver sea de quien sea, joder! –me dice el hijo de puta de Joseba-. Siento mucho lo de Sisebuto, pero está muerto y no se entera, ¿entiendes? Pero ya lo he desenterrado y le he sacado el jaco de la tripa, mira… -dice señalando a mi hermano-. Ahora se lo vendemos al Juan, nos repartimos la guita al fifty-fifty y no nos volvemos a ver nunca si no quieres… o si no quédatelo todo, pero deja ese cuchillo y yo no saco la pipa, ¿vale?
-No quiero el caballo para nada, sabes que no me meto. ¡Quiero a mi hermano! –le grito.
-Tú lo has querido –dice sacando el revólver y disparándome mientras me lanzo contra él para rajarle. Me agacho y me retuerzo de dolor al comprobar que me ha dado en el hombro izquierdo. Yo nunca había utilizado ni un cuchillo ni una navaja en una pelea… y qué narices: nunca antes me había metido en ninguna, pero en un intento desesperado de que no me mate a balazos, le tiro el cuchillo y veo que se le clava en el cuello. No me lo puedo creer: sangra a chorros. Cae a la fosa de la tumba de mi hermano. No se mueve. Cojo el caballo de entre las tripas abiertas de mi hermano. Cierro la caja. Llamo a Lázaro. Viene. Está borracho.
-Lázaro –le digo-, me vas a tener que ayudar a bajar esta caja y a enterrarla otra vez, que ha surgido un problema logístico con mi amigo y se ha tenido que ir.
-De acuerdo –me dice.
-Lázaro –le digo-, no vamos a volver nunca más por aquí, así que toma todo este dinero y prométeme que no vas a tocar esta tumba nunca jamás porque es la tumba de mi hermano.
-De acuerdo –me dice.

Lázaro coge el fajo de billetes y ni se entera de que al fondo de la fosa está el hijo de puta de Joseba. Bajamos la caja con las cuerdas tras un gran esfuerzo, y con las palas volvemos a dar sepultura a mi pobre hermano por segunda vez.

-Hasta nunca y gracias por todo –le digo.
-Hasta nunca y gracias por todo –me dice.

Nota: el relato “El hijo de puta de Joseba y la zorra de mi amiga Lucía la forense” lo escribí de veinteañero y apareció originalmente en El Borde nº2 allá por 2004. Por cierto, ¿queréis leer algo más acerca de la vida de Lázaro el guardia del cementerio?

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